Nunca olvidaré dónde estaba el 20 de abril de 1999. Yo era estudiante de segundo año de secundaria...
El aroma de la Navidad
Este año compramos un árbol de Navidad de verdad. Nunca había visto a mi esposo actuar tan parecido a Chevy Chase en Vacaciones de Navidad como durante esta aventura. Cuando vio “el indicado”, actuó como si los ángeles hubieran cantado y una luz del cielo hubiera brillado sobre él. Era, definitivamente, entre uno o dos pies más alto (y tres o cuatro pies más ancho) de lo necesario.
Cuando fuimos a pagarlo, el hombre que trabajaba allí nos dijo que habíamos elegido un tipo de árbol que produce un dulce aroma a mandarina debajo del tradicional olor a pino. Me emocioné muchísimo e inmediatamente imaginé toda mi casa desordenada transformándose en un lugar que oliera a galletas, mandarinas y magia navideña. ¡No podía esperar a llevarlo a casa y colocarlo!
El árbol ha estado en mi casa por más de una semana y no he olido ni una sola mandarina.
Por un momento pensé que unos ambientadores estratégicamente colocados podrían solucionar esto. Pero descarté la idea rápidamente porque, vamos, eso sería una locura. ¿Verdad? ¿Quién escondería olor a mandarina falsa dentro de un árbol real solo para crear la ilusión de que tiene un árbol especialmente mágico que perfuma el aire con lo que sea que huela la Navidad?
Tranquila: no compré los ambientadores de mandarina. Pero sí consideré la idea más tiempo del que me gustaría admitir.
Aquí está el punto:
Me encantaba la idea de que mi casa oliera “extra especial”. Sentía que ese olor especial podría distraerme (y distraer a mis invitados) de las tareas del hogar que quizá no alcance a terminar o de los regalos no tan impresionantes que podríamos dar. Tal vez sería suficiente para que nadie notara que subí un poco de peso desde el año pasado. (Sí, lo sé. Pero ¿te imaginas un árbol que huela a pino y mandarina? ¡Sería el unicornio de los árboles!)
Pero, en medio de todos esos pensamientos, me cayó el veinte.
A Dios no le importa cómo huele mi casa.
No le molestan mis pelusas de polvo ni la ropa sin doblar escondida en un rincón.
No estaba esperando regalos, sin importar su calidad.
Y el único “peso extra” que Él nota en mí es la preocupación y frustración que llevo encima.
El Salvador del mundo, cuyo nacimiento estamos celebrando, nació de una pareja no casada, en un establo rodeado de animales. Su primera cama fue un pesebre para alimentar ovejas, caballos y vacas.
Sus primeras semanas de vida las pasó lejos de casa por un censo ordenado por el gobierno.
Fue allí, en esas circunstancias, donde Dios envió a sudorosos pastores y a gloriosos ángeles para inclinarse, adorarlo y cantar canciones de alabanza.
Imaginar ese choque de realidad y esperanza hace que mis ojos se llenen de lágrimas.
Allí es donde Dios quiere que mi corazón descanse: en ese choque hermoso entre mi desorden y su esperanza.
Allí es donde Dios quiere que enfoque mis pensamientos, palabras, acciones… y hasta los aromas de mi planificación navideña.
Si algo de esto resuena contigo, quiero que hagas un pequeño “reinicio navideño” conmigo ahora mismo. Toma una Biblia o busca “Lucas capítulo 2” y lee los versículos 1 al 20. Cuando llegues a los versículos 19 y 20, quiero que imites lo que ocurre allí:
-
“María guardaba todas estas cosas en su corazón y meditaba en ellas.”
Pausa y reflexiona en el hecho increíble de que Dios mismo se hizo humano, un bebé indefenso en un pesebre sucio, para que tú pudieras pasar la eternidad con Él. Guarda esa verdad profundamente en tu corazón. -
“Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído.”
Pon tu villancico o canción navideña favorita y cántala con todo. ¡Con libertad! Cántala como una niña desafinada en su recital escolar que se siente la próxima Adele, Whitney Houston o Ariana Grande.
Y quiero que repitas estos pasos cada vez que esta semana te descubras tentada a “comprar ambientadores” en lugar de simplemente descansar en el dulce aroma de la salvación de Dios.
Feliz Navidad, querida/o. Eres profundamente amada/o.
“Porque nos ha nacido un niño, ¡un hijo se nos ha dado!
Él se encargará de gobernar el mundo.
Y sus nombres serán: Consejero Admirable,
Dios Fuerte, Padre Eterno…” (Isaías 9:6)