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Time of Grace en Español

Tu yo del futuro: esperanza para el nuevo año

¡Me encantan los comienzos de año! Es un tiempo para dejar atrás lo que quedó atrás y avanzar hacia lo que viene (Filipenses 3:13, parafraseado). Es una temporada para proponerse nuevas metas, formar nuevos hábitos y explorar nuevas oportunidades.

No todos se emocionan con los propósitos de Año Nuevo, pero yo sí. Me encanta todo el proceso. Para el 1 de enero, ya tengo todas mis metas SMART escritas en mi agenda (específicas, medibles, alcanzables, relevantes y con un tiempo definido). Las leo cada mañana y, muchas veces, las repaso por la noche.

Con todo el esfuerzo que pongo en planear mis metas, uno pensaría que me está yendo increíble. Pero la realidad se parece más a intentar cepillarte los dientes mientras comes galletas Oreo. Mis viejas costumbres se aferran a mí… como esos diez kilos que simplemente no logro bajar.

Aun así, hace unos meses me encontré con un pasaje bíblico que ha sido de muchísima ayuda cuando no veo el progreso que esperaba. Cerca del final de la Biblia hay una carta corta escrita por uno de los seguidores más cercanos de Jesús: un hombre llamado Juan.

Juan comienza diciendo:

“Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios…” (1 Juan 3:2).

Con estas palabras, Juan nos recuerda quiénes somos ahora, incluso antes de cumplir nuestros propósitos de Año Nuevo… o, siendo más realistas, después de haberlos roto.
Sin importar nuestro desempeño, seguimos siendo hijos de Dios gracias a la obra completa de Jesús.

Si llevas tiempo en la fe cristiana, probablemente esta idea no te sea nueva. Pero Juan continúa diciendo algo muy especial:

“Y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Pero sabemos que cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).

Juan dice que, en el día final, cuando el Señor regrese, seremos como nuestro Salvador. Nuestro cuerpo y nuestra alma serán transformados para parecernos a Jesús resucitado. En ese estado glorioso, podremos estar en su presencia sin miedo ni vergüenza.

Eso significa que, aunque hoy no nos guste algo de nosotros mismos, llegará un día en que sí. Un día seremos la persona que siempre hemos intentado ser. Será como si todos nuestros propósitos de Año Nuevo se hubieran cumplido… y mucho más.

Juan luego hace esta aplicación práctica:

“Todo el que tiene esta esperanza en él, se purifica, así como él es puro” (1 Juan 3:3).

En otras palabras, si puedes visualizar quién serás en la resurrección, si esa es tu esperanza final, comenzarás a caminar en esa dirección desde ahora. Empezarás a vivir de acuerdo con tus mejores propósitos, fortalecidos por el Espíritu Santo.

Mientras enseñaba este concepto en mi iglesia, una mujer explicó cómo entendía este versículo:
“Es como si cuando eras niño te dijeran que algún día serías presidente de los Estados Unidos. Si supieras que ese es tu futuro, vivirías de manera diferente desde ahora”.

Mi respuesta fue: “Exactamente”.

En lugar de enfocarnos solo en nuestro progreso actual —o en la falta de él—, Juan nos invita a fijar nuestra mirada en nuestro glorioso futuro, cuando seremos perfeccionados y hechos santos.
Si eso es lo que un día seremos, entonces empecemos a vivir hoy en esa dirección.

Así que sigue avanzando hacia las metas a las que Cristo te ha llamado. No permitas que tus tropiezos o fracasos te descarrilen. No te rindas. No abandones.
Tu futuro está lleno de esperanza.