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Time of Grace en Español

Pásame la sal

He vivido toda mi vida en el Medio Oeste de Estados Unidos. Eso significa que tengo una relación complicada con la sal. Por un lado, estoy agradecida de que las carreteras estén bien cubiertas de sal para que mis hijos no terminen en una zanja en una noche nevada cuando inevitablemente intenten hacer demasiados giros con el auto. Por otro lado, he visto lo que la sal le hace a nuestros vehículos. Nuestro fiel Camry de 1999 habría seguido funcionando varios años más si el chasis no se hubiera oxidado por completo después de tantos inviernos en esta región. Descansa en paz, Rosita.

La sal es una gran parte de nuestra vida, desde dar sabor a la comida hasta hacer que las carreteras sean menos resbalosas. Pero la sal era aún más importante en los tiempos bíblicos. ¿Sabías que la sal se menciona más de cuarenta veces en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento?

Mientras sacudía la sal de mis zapatos esta mañana sobre el ya bien “sazonado” tapete de la entrada, me puse a pensar en las diferentes formas en que la sal aparece en la Biblia y en cómo podríamos verla de una manera distinta este año.

01 La sal preservaba y purificaba

Antes de la electricidad y los congeladores… estaba la sal. La sal preservaba y purificaba. La sal sostenía la vida. También añadía sabor.

“Que su conversación sea siempre amable y de buen gusto, sazonada con sal, para que sepan cómo responder a cada uno”
(Colosenses 4:6).

Como cristianos, estamos llamados a dar sabor y preservar las relaciones en este mundo para señalar a otros hacia Jesús, quien es el verdadero preservador de nuestra vida y de nuestra fe.

En la Biblia, la sal también era símbolo de amistad y fidelidad. Incluso Dios habla de un “pacto de sal”:

“Todo lo que se aparta de las ofrendas sagradas que los israelitas presentan al Señor lo entrego a ti y a tus hijos e hijas como porción permanente. Es un pacto eterno de sal delante del Señor para ti y para tu descendencia”
(Números 18:19).

¡Eterno! Para los israelitas. Para nosotros. Para nuestros hijos y nuestros nietos.

Preservados. Sostenidos. Por la gracia de Dios y por el sacrificio que Jesús hizo al morir por nuestros pecados. Con sus acciones, él preservó y purificó nuestra relación con Dios para siempre.

Jesús es el gran “salero”. Aunque no es uno de los títulos que solemos usar para referirnos a él —como Príncipe de paz, Mesías o Emanuel— creo que funciona bastante bien.

02 La sal era valiosa

La sal era como oro blanco. Un recurso preciado. Tan valioso que se usaba como forma de pago. De hecho, la palabra salario tiene su origen en el latín sal (sal), porque los soldados romanos recibían una asignación relacionada con este recurso.

Se han librado guerras por la sal porque era cara e indispensable. Las personas de esa época se horrorizarían al ver camiones tirando sal por las carreteras como si nada, esparciéndola por las zanjas.

La sal era valiosa. En el Antiguo Testamento, hacía que las ofrendas de los israelitas fueran más preciosas para el Señor.

“Sazona con sal todas tus ofrendas de cereal. No dejes que falte la sal del pacto de tu Dios en tus ofrendas; añade sal a todas ellas”
(Levítico 2:13).

“El Señor dijo a Moisés: ‘Toma especias aromáticas… y prepara una mezcla fragante de incienso, obra de perfumista. Debe estar sazonada con sal, pura y santa’”
(Éxodo 30:34–35).

La sal era costosa y se reservaba para las ofrendas a Dios.

Hoy ya no presentamos ofrendas de grano en grandes altares del templo. Pero sí podríamos reflexionar más sobre lo que ofrecemos a Dios.

¿Cómo podemos añadir un poco más de “sal” a nuestra adoración?
¿Cómo podemos aportar más valor al reino de Dios?
¿Qué talentos y recursos tenemos que podríamos dedicar a Dios y a los demás?

En el Sermón del Monte, Jesús recordó esas antiguas ofrendas cuando dijo:

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo volverá a ser salada? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisoteada por la gente”
(Mateo 5:13).

Dios nos ve como valiosos y nos ama profundamente. Y además nos ha dado un propósito: ser la sal de la tierra.

No para ser arrojados y pisoteados en los caminos, sino para ser ese “oro blanco” que aporta valor al reino de Dios.

Así que, la próxima vez que sacudas la sal de tus botas, tal vez puedas recordar la bondad y el significado de esos pequeños cristales blancos.

No rechaces la sal.