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Time of Grace en Español

Sin excusa

¿Alguna vez has tenido un “momento zarza ardiente”?
Quizás conoces la historia bíblica de Moisés y la zarza ardiente, pero si no, está en el libro de Éxodo. Moisés estaba cuidando ovejas cuando vio una zarza en llamas… pero que no se consumía. Raro, ¿no? Y entonces Dios le habló desde la zarza. Más raro aún. Y luego Dios le dijo que fuera a hablar con el faraón de Egipto para decirle que dejara ir a su pueblo, los israelitas. Para Moisés, eso fue lo más extraño de todo.

Así que decidió explicarle al Señor por qué él no era la persona indicada para esa misión.
Pero por cada excusa que Moisés dio, Dios le respondió con una promesa.

Dios: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto. He escuchado su clamor. … Así que ahora, ve. Te envío al faraón para sacar a mi pueblo de Egipto” (Éxodo 3:7,10).
Moisés: “¿Quién soy yo para ir al faraón?” (3:11).
Dios: “Yo estaré contigo” (3:12).

Moisés: “¿Y si me preguntan quién me envió?” (3:13).
Dios: “Yo soy el que soy. Diles: ‘Yo soy me ha enviado a ustedes’” (3:14).

Moisés: “¿Y si no me creen ni me escuchan?” (4:1).
Dios: “Aquí tienes señales milagrosas para mostrarles” (Éxodo 4:2-9).

Moisés: “No soy bueno para hablar. Siempre me ha costado expresarme” (4:10).
Dios: “¿Quién dio la boca al ser humano? ¿No fui yo, el Señor? Yo te ayudaré a hablar y te enseñaré lo que debes decir” (4:11-12).

Moisés: “Señor, por favor, envía a alguien más” (4:13).
Dios (ya un poco molesto): “Tu hermano Aarón puede hablar bien. Ya viene en camino. Yo los ayudaré a los dos a hablar y les enseñaré lo que deben hacer” (4:14-15).

Cinco excusas. Cinco respuestas.
Y con cada respuesta, una promesa: guiar, enseñar, suplir, acompañar y respaldar con milagros.
Y —alerta de spoiler— Dios cumplió sus promesas.

Moisés y Aarón fueron ante el faraón. No siempre fue una audiencia amable ni receptiva, pero Dios nunca los dejó solos. Les dio las palabras, mostró su poder y los guió —a ellos y a su pueblo— fuera de Egipto hacia la Tierra Prometida.

¿Has tenido tú un “momento zarza ardiente”?
Tal vez Dios no te ha hablado desde una planta en llamas, pero todos tenemos un llamado.

Antes de ascender al cielo, Jesús dio a sus discípulos lo que hoy conocemos como la Gran Comisión:

“Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado” (Mateo 28:19-20).

En esencia, Jesús estaba diciendo:
“He visto el sufrimiento de mi pueblo. He escuchado su clamor. Así que ahora, ve. Te envío para que los saques de este mundo de pecado y los lleves a la tierra prometida del cielo.”

Y, como Moisés, nosotros también tenemos nuestras excusas:
¿Quién soy yo? ¿Qué debo decir? ¿Y si no me escuchan? No soy buen hablante. Señor, ¡envía a alguien más!

Pero Dios responde cada vez con una promesa:
Yo iré contigo. Te ayudaré a hablar. Te enseñaré qué hacer. Muéstrales mis milagros. Yo soy el que soy.

De hecho, la Gran Comisión no termina con un mandato, sino con una promesa:

“Y yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).

Y —alerta de spoiler otra vez— Dios cumple sus promesas.
Dio su vida porque dijo que lo haría. Hizo el trabajo más difícil; todo está hecho por nosotros.
Entonces, ¿cómo podríamos guardar en silencio esa buena noticia?
¿Cómo podríamos ignorar la voz del Señor que nos llama?

Dios nos deja sin excusa. Nos equipa completamente y promete estar con nosotros.

“Que el Dios de paz, que por la sangre del pacto eterno levantó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de las ovejas, los capacite con todo lo bueno para hacer su voluntad, y que él haga en nosotros lo que le agrada, por medio de Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Hebreos 13:20-21).