Saltar al contenido
Time of Grace en Español

¡Puedo hacerlo yo solo!

Cuando tenía seis años, fui elegida como la protagonista en la obra de teatro de mi clase de kínder: La gallinita roja. Llevaba un disfraz lleno de plumas rojas (¡gracias, mamá!) y caminaba por el escenario con toda la seguridad y simpatía que una niña con dientes de leche podía tener.
Durante la obra, repetía una canción sencilla que, si mi memoria no me falla después de treinta años, decía algo así:

Puedo hacerlo yo solita,
puedo hacerlo yo solita.
No soy King Kong, pero fuerte soy,
puedo cantar y hacerlo hoy.
¡Puedo hacerlo yo solita! ¡Puedo hacerlo yo solita!

A veces, incluso hoy, me sorprendo tarareando esa canción mientras hago tareas diarias. No tiene un mensaje malo, pero con el tiempo se convirtió en una especie de “himno personal”: me cuesta mucho aceptar ayuda de los demás. Me parece más fácil —y más seguro— depender solo de mí misma.

Pero con los años y las responsabilidades, esa actitud ya no funciona tan bien. No puedo seguir creyendo que puedo hacerlo todo sola: ser una buena cristiana, llevar un hogar, fortalecer mi matrimonio, criar a mis hijos y cumplir en el trabajo… todo por mí misma.
He aprendido, a veces de forma dolorosa, que no puedo cargar con todo sin ayuda. Caminar sola por la vida es una postura orgullosa, y no refleja a una seguidora de Jesús.

El libro de Isaías me ha recordado una y otra vez la verdad que tanto necesito: Dios es mi ayuda. Sus palabras han suavizado mi corazón autosuficiente y me han hecho recordar cuán profundo es su amor por mí.

Tú y yo olvidamos con frecuencia que nuestra salvación no depende de nuestro esfuerzo. Intentamos apoyarnos en todo menos en el único que realmente puede ayudarnos: Dios, que nos rescata temporal y eternamente.

Cuando estábamos atrapados en nuestro orgullo, Dios envió a su Hijo como nuestro sustituto perfecto. Jesús vivió en completa dependencia de su Padre, y por su muerte y resurrección ahora tú y yo ya no tenemos que hacerlo todo solos.

No tenemos que depender solo de nuestra inteligencia (que muchas veces falla).

“Yo soy el Señor tu Dios, que te enseña lo que te conviene, que te guía por el camino que debes seguir.”
— Isaías 48:17

No tenemos que sentirnos solos ni olvidados.

“¿Acaso puede una madre olvidar a su niño de pecho? Aunque ella lo olvidara, ¡yo nunca te olvidaré! Mira, te tengo grabada en las palmas de mis manos.”
— Isaías 49:15-16

No tenemos que temerle a la muerte ni creer que nuestra salvación depende de nosotros.

“Yo, yo soy quien borra tus rebeliones por amor a mí mismo y no recordaré tus pecados.”
— Isaías 43:25

“He borrado tus ofensas como a una nube, tus pecados como la niebla de la mañana. Vuélvete a mí, que yo te he redimido.”
— Isaías 44:22

Tampoco tenemos que temer el poder del mundo ni a quienes buscan hacernos daño, porque no caminamos solos. Dios es nuestro ayudador:

“Así dice el Señor, el que te hizo, el que te formó desde el vientre, el que te ayuda.”
— Isaías 44:2

“Yo iré delante de ti y allanaré los montes; romperé puertas de bronce y cortaré cerrojos de hierro.”
— Isaías 45:2

“Aun en tu vejez, cuando tengas canas, yo seré el mismo; yo te sostendré, te hice y te salvaré.”
— Isaías 46:4

“En el tiempo favorable te responderé, y en el día de salvación te ayudaré.”
— Isaías 49:8

“Yo soy el que te consuela. ¿Por qué temes a simples mortales, a seres humanos que no son más que hierba, y te olvidas del Señor tu Hacedor?”
— Isaías 51:12-13

Así que, la próxima vez que sientas la tentación de creer que tienes que hacerlo todo por tu cuenta, deja ese peso en manos de Dios.
No te aferres al orgullo ni al lema “¡Puedo hacerlo yo solo!”.
Descansa en las promesas de Dios, confía en su amor infinito y repite con Isaías:

“Porque el Señor soberano me ayuda, no seré avergonzado.”
— Isaías 50:7