Nunca olvidaré dónde estaba el 20 de abril de 1999. Yo era estudiante de segundo año de secundaria...
La oración = Estar con Dios
Oración a la deriva
Hace poco hice una caminata de unos 13 kilómetros en un parque estatal cerca de donde vivo. Iba sola y sin audífonos porque quería disfrutar de la tranquilidad del camino (y porque mi enfermera me recomendó caminar para ayudar a bajar mis niveles de cortisol).
Mientras avanzaba, mi mente iba de un pensamiento a otro.
Mi plan era dedicar parte de la caminata a hablar con Dios. Empezaba a orar, pero unos minutos después me daba cuenta de que mi mente ya estaba en otra cosa. Entonces volvía a orar... hasta que, otra vez, me distraía y me quedaba en silencio.
Durante varios kilómetros, ese ciclo se repitió una y otra vez.
Al principio me sentí un poco culpable. A veces parece que existe cierta presión cuando oramos. Después de todo, estamos hablando con el Rey del universo. Sin darme cuenta, actuaba como si Dios tuviera una agenda llena de citas y yo solo contara con unos pocos minutos para decirle todo lo que necesitaba. Pensaba que debía tener una lista bien organizada y aprovechar cada segundo.
Una nueva forma de ver la oración
Entonces el Espíritu Santo trajo a mi memoria una caminata que hicimos mi esposo, mi hija y yo en Utah el pasado mayo.
Mientras subíamos por un sendero hacia un lago de montaña, a veces conversábamos y otras simplemente caminábamos en silencio.
Mi hija corre ultramaratones y, por supuesto, es muchísimo más rápida que yo. En un momento le dije que podía adelantarse si quería hacer el recorrido más rápido.
Su respuesta fue sencilla, pero cambió mi perspectiva:
“Esto no se trata de correr. Se trata de estar juntas.”
En ese instante entendí que así también es la oración.
Sí, Dios es el Rey soberano del universo. Pero también es mi Padre.
Eso significa que siempre tengo acceso a él. No necesito una cita. No tengo un límite de tiempo. No tengo que impresionar a Dios con palabras perfectas.
Y aún hay más.
Jesús me llama su amiga, y el Espíritu Santo vive en mí.
Uno de los nombres de Jesús es Emanuel, que significa "Dios con nosotros". Esa ha sido la intención de Dios desde el principio: estar con su pueblo.
Por eso está bien hablar con él mientras caminamos. También está bien guardar silencio por un momento. Él no se incomoda con nuestras pausas ni se impacienta con nuestras distracciones.
Al final, la oración no consiste solamente en decir las palabras correctas.
La oración consiste en estar con Dios.
El regalo adicional de la oración
Estar con Dios ya es un regalo incomparable. Pero, además, distintos estudios han encontrado que la oración contemplativa puede beneficiar nuestra salud emocional.
Investigaciones que utilizaron resonancias magnéticas (MRI) y electroencefalogramas (EEG) observaron que la oración y el canto religioso pueden activar regiones del cerebro relacionadas con la atención, el autocontrol y el procesamiento de las emociones. También se encontraron cambios en áreas asociadas con las respuestas al miedo y al estrés.
Estos hallazgos sugieren que una vida de oración constante puede contribuir a una mayor regulación emocional y resiliencia.
Quizá eso no sea una sorpresa. Después de todo, cuando pasamos tiempo con el Dios de paz, no solo cambia nuestra perspectiva... también puede cambiar nuestro corazón.
¿No sabes qué decir cuando oras?
Si alguna vez te has quedado sin palabras, recuerda que Dios no espera oraciones perfectas. Él desea una relación contigo.
Si te ayuda tener una guía para comenzar, el libro Talking to God: 166 Prayers for Your Life (Hablándole a Dios: 166 oraciones para tu vida) ofrece oraciones basadas en la Biblia para distintas situaciones de la vida.
Porque, al final, la oración nunca ha sido una prueba para aprobar.
Siempre ha sido una invitación a estar con Dios.
Linda Buxa es una escritora que aparentemente no siguió del todo su propia regla de “nada de celular en las caminatas,” porque cuando se le ocurrió esta idea, dictó un montón de pensamientos —mientras caminaba— en su app de Notas.