Parte de mi rutina nocturna incluye escribir en mi “Diario de Gratitud,” en el que reflexiono y...
¡Cantemos!
La música juega un papel muy importante en crear esa “magia” tan especial de la temporada navideña. A medida que baja la temperatura donde vivo, en Wisconsin, y los días se hacen más cortos, las canciones llenan de vida esta época del año y mi corazón se llena de gozo, paz y seguridad. Hay algo muy especial en los himnos navideños que calienta el alma durante uno de los momentos más oscuros del año. No puedo evitar sentir alegría cuando canto “Al Mundo Paz”. “Noche de Paz” aquieta mi corazón con una paz celestial, y es imposible no maravillarse con “Ángeles Cantando Están”.
Ese gozo lleno de seguridad también estuvo presente en la vida de la virgen María cuando recibió la noticia del ángel Gabriel. Esta joven de un pueblo humilde había recibido uno de los mayores honores de parte de Dios: llevar en su vientre al Hijo de Dios y darle al mundo a su Salvador.
Sin embargo, una tarea tan noble no estaría llena solo de alegría. María aún no estaba casada con José cuando tuvo que darle la noticia de que estaba embarazada, y no de cualquier hijo, sino del Hijo de Dios, concebido por obra del Espíritu Santo. La situación parecía demasiado difícil de creer, y José mismo luchó con esto. Tanto así, que si Dios no hubiera intervenido, él la habría dejado (Mateo 1:19). Y para empeorar las cosas, con el tiempo la gente del pueblo se enteraría de su embarazo, y sería mucho más fácil para ellos pensar que el niño había sido concebido fuera del matrimonio —algo gravísimo en esa época— que creer que era por obra del Espíritu Santo. Aunque María tenía la promesa directa de Dios, las sospechas no dejarían de surgir.
Pero, aun frente a un futuro que parecía oscuro, María no permitió que su confianza en el Señor se debilitara. Su reacción ante el mensaje del ángel no fue de miedo, sino de adoración. Movida por el Espíritu, María entonó el primero de muchos cantos navideños que proclaman la presencia constante de Dios, su paz y su buena voluntad para la humanidad.
“Mi alma glorifica al Señor,
y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,
porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí.
¡Santo es su nombre!”
(Lucas 1:46-49)
Su canto proclamaba la gloria de haber sido escogida para llevar en su vientre a Dios, su Salvador. Cada verso se apoyaba en la certeza de que el Señor no se había olvidado de ella ni de sus antepasados. María cantó esperanza en el Dios poderoso que jamás abandona a los humildes.
Y esta es también la gloria que tú cantas cuando crees en Jesús, porque tú también has recibido el honor más grande: ser llamado hijo o hija de Dios. En Navidad recordamos que el Rey de toda la creación se hizo nada para darnos todo. Somos afirmados en la fidelidad de Dios y en que Jesús es la promesa de salvación hecha realidad.
En nuestros momentos más oscuros, la Luz del mundo —Jesús— ilumina un camino de esperanza, paz y gozo que nos lleva a la cruz… y también al sepulcro vacío. Mientras enfrentamos la oscuridad de esta vida, levantemos nuestra voz en alabanza y abriguémonos en el amor de nuestro Dios, que vino a la tierra por nosotros.