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Identidad en Cristo: eres la hija o el hijo del Rey

Escrito por Emily Krill | Aug 4, 2026, 7:29:10 PM

¿Sabes quién eres?

¿Te acuerdas de tu primer trabajo? Si la respuesta es sí, seguro que solo con leer la pregunta ya te dio un poquito de ansiedad y hasta empezaste a sudar.

Mi primer trabajo me enseñó lo que cuesta olvidar quién eres

Mi primer trabajo fue de cajera en la ferretería de mi papá. Yo pensaba “fácil, ¿qué tan difícil puede ser cobrar cositas”, pero no tenía ni idea de lo intensos que se iban a poner algunos momentos. Había días en los que parecía que un camión entero de gente se bajaba justo enfrente de la tienda, todos al mismo tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo. Y ahí empezaba el efecto dominó del caos:

Mientras más larga se hacía la fila, más impaciente se ponía la gente. Mientras más impaciente se ponía la gente, más nerviosa me ponía yo. Mientras más nerviosa me ponía, más errores cometía escaneando y marcando los productos. Mientras más errores cometía, más tenía que esperar cada cliente.

Creo que no hace falta explicar más, ya estamos todos sudando frío solo de leerlo.

El día que una fila enorme me llevó al límite

Pero les voy a contar de una vez en particular en la que quedé atrapada justo en ese ciclo. La fila estaba más larga que nunca, y la otra cajera se había ido a almorzar, o sea, cero refuerzos. La persona que estaba atendiendo ya venía “molesta” desde antes, y encima escaneé un producto dos veces por error. Eso hizo que la fila entera explotara. Yo estaba a punto de llorar.

Justo en ese momento, mi papá apareció de la nada y caminó tranquilo hasta mi caja. “Aquí estoy, Emmy. Déjame tomar tu lugar un rato” me dijo mientras se paraba en mi lugar frente a ese mar de caras molestas. Yo me hice a un lado y lo vi platicando feliz con cada cliente, uno por uno, escaneando y empacando cada tornillo, cada llave, cada cosa, sin ningún drama. La tensión se esfumó al instante, y la gente que se había parado de puntitas para ver el chisme de los clientes molestos, habían convertido la tensión en risitas de buena onda.

El discurso de mi papá que me cambió la vida

Después de lo que se sintió como una eternidad, la fila desapareció por completo. Mi papá llamó a otro empleado para que tomara su lugar en la caja por un momento y, con calma, me dijo que lo siguiera fuera del área de cajas. Caminamos juntos hasta un estante lleno de barras de dulce, y me preguntó si estaba bien. Yo asentí y me disculpé por causar tal alboroto, esperando que me explicara los pasos para corregir mi error la próxima vez.

En cambio, me dijo algo que jamás voy a olvidar:

“Emily, tú eres la hija del dueño. No tienes que preocuparte por que la gente se ponga de mal humor en la fila. La próxima vez que haya una espera larga y notes que los clientes empiezan a refunfuñar, quiero que señales estos dulces y les digas que cada uno puede tomar algo para picar mientras esperan. Tú eres mi hija; ninguna queja de cliente ni ningún botón mal presionado va a cambiar eso. Puedes estar tranquila y tomarte tu tiempo. Te amo.”

Fue uno de los discursos más poderosos que he escuchado en mi vida. Me sentí empoderada, valorada, segura. Eso transformó por completo cada minuto de mi vida laboral desde ese día. Las filas largas ya no me hacían sudar. Ya sabía quién era.

Lo que esta historia nos revela sobre nuestra identidad en Cristo

Y unos años después me cayó el veinte: Dios nos dice exactamente lo mismo sobre nuestra identidad en Cristo:

Eres hija (o) del Rey.

No tienes que angustiarte por esa situación que te tiene sudando ahora mismo. Si el problema o la persona que te preocupa se siente fuera de tu control, yo tengo paciencia, amor y perdón de sobra para ti.

Eres mío.

Nada de lo que hagas bien o mal va a cambiar eso jamás. Puedes estar tranquilo y tomarte tu tiempo.

Te amo.

Párate firme en quién eres

Hay un versículo que dice: “El malvado huye aunque nadie lo persiga; pero el justo vive confiado como un león” (Proverbios 28:1). Hoy quiero que enfrentes lo que tengas enfrente con esa misma valentía de león. No tienes que hacerle caso a las voces de vergüenza, preocupación, miedo o culpa que te quieren meter ruido. Tu identidad en Cristo no depende de tu desempeño: eres la hija (o el hijo) Del Dueño. Escúchalo a Él.